El legado de la Ley Valdés
Gabriel Valdés fue el primero en conocer y respaldar las modificaciones que hoy proponemos a esta norma que él impulsó.
Recientemente, el gobierno ha puesto suma urgencia al proyecto que reforma la ley de donaciones culturales como un homenaje a don Gabriel Valdés, ejemplo de hombre de la cultura que se dedicó generosamente al servicio del país. Dicho homenaje no sólo es justo, sino que plenamente atingente a la luz de las reformas que hoy se proponen a esta ley.
Ya en 1990, en su primera intervención en el Senado, Valdés señalaba a propósito de la discusión de la ley que hoy buscamos reformar “de lo que se trata en la sociedad moderna es de estimular la libertad de las personas, facilitar su asociación y profundizar la creatividad, a través de la cooperación de las personas y de las empresas”. Dichas palabras parecen más vigentes que nunca y son el horizonte inspirador de la reforma que hoy se encuentra en el Congreso.
En lo concreto, la propuesta agrega nuevos donantes como las empresas que registran pérdidas, los contribuyentes del impuesto adicional, los contribuyentes del impuesto único de segunda categoría y, por primera vez en una ley permanente, a los contribuyentes del impuesto a la herencia. A su vez, se amplía el tope máximo del crédito para los contribuyentes de primera categoría y se elimina el tope en el caso del impuesto global complementario. La reforma también amplía el universo de beneficiarios, incorporando a los propietarios de inmuebles declarados Monumento Nacional y a las pequeñas y medianas empresas de giro cultural, reconociendo y potenciando el emprendimiento y gestión de proyectos artísticos y culturales, sin que la legítima ganancia de dichos proyectos impida acceder a donaciones culturales. Asimismo, se extiende el plazo de ejecución para los proyectos y flexibiliza las retribuciones culturales para la comunidad, lo que posibilitará el acceso del público a los proyectos financiados por la ley, como la comercialización de los mismos, cuestión que hasta ahora no era posible.
No cometo una infidencia al señalar que fue él mismo en su departamento de calle Málaga, el primero en conocer y respaldar las modificaciones que hoy proponemos, lugar donde las conversaciones siempre giraban en torno a cómo generar mecanismos para permitir la participación de privados en proyectos culturales. En carta del 24 de marzo de este año, junto con agradecer el envío del anteproyecto, en un acto propio de su grandeza y humildad, me señaló que valoraba como “un paso trascendental” la incorporación de las pequeñas empresas como beneficiarias de la ley y que estimaba la incorporación de nuevos donantes como una “proposición digna de valorar”.
En momentos en que se hacen merecidos homenajes a la figura y obra de Valdés, resulta útil recordar que el espíritu del mecanismo que ideó tenía como objetivo, entre otras cosas, eliminar toda traba e impedimento para que los donantes pudieran aportar libremente a los proyectos, tal como consta en lo que él mismo manifestó al propiciar la ley que llevaría su nombre: “No se trata de dirigir ni de centralizar, sino, por el contrario, de estimular la libertad mediante un esfuerzo de la sociedad misma. Porque el arte o es libre, o no es arte”.
Columna publicada en La Tercera

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