El desafío de energía para Chile
Chile tiene un inmenso desafío: la ambiciosa meta de superar la pobreza y ser el primer país de Latinoamérica en alcanzar el desarrollo. Es una tarea histórica, asumida profundamente por el Presidente Sebastián Piñera y su gobierno, que requerirá del compromiso y entrega de cada uno de los chilenos. A lo largo de estos 18 meses hemos avanzado mucho. No sólo pudimos recuperarnos del devastador terremoto y maremoto que nos afectó y sentar las bases de la reconstrucción, sino que también hemos sido capaces de llevar el crecimiento a cifras históricas e impulsar un enorme aumento en el empleo. Debemos estar orgullosos, pero no es suficiente.
A las importantes tareas en educación, salud, vivienda, transporte y otras áreas sociales, se suma una aún más crítica: un Chile desarrollado requiere más energía de la que tiene actualmente. Y esto no es un cálculo antojadizo ni una proyección temeraria. Si Chile busca esa meta, requerirá de una capacidad energética instalada, capaz de sobrellevar las demandas que tanto ese crecimiento como el estándar de un país desarrollado conllevan; más allá del necesario esfuerzo en orden a desacoplar, al menos en parte, el crecimiento económico con la demanda de energía.
El Presidente ha sido claro, además, en que no sólo es un tema de cantidad; queremos una energía limpia, segura y económica. Y el Ministerio de Energía será el portavoz de esa decisión, que asumimos como Gobierno, y enfocaremos todos nuestros esfuerzos por que así sea.
Chile tiene condiciones naturales e innegables para producir energía limpia y renovable: desde la tradicional y esencial presencia del agua en nuestra matriz hasta las posibilidades, por ejemplo, en geotermia, energía solar o eólica. Como gobierno tenemos que ser capaces, especialmente, de mejorar la legislación que regula estas últimas y su acceso al sistema. Con todo, ello no es suficiente y parte de nuestra generación deberá provenir de otras fuentes, a las que exigiremos los más estrictos controles de protección al medio ambiente.
En otro campo, un mundo integrado y de relaciones constructivas nos lleva a buscar establecer acuerdos internacionales que permitan integrar nuestro entorno y sus capacidades complementarias, a la vez que incorporar las tecnologías más eficientes, ya probadas en países a la vanguardia en el desarrollo de este campo.
Necesitamos, a su vez, una energía más económica y competitiva. No es posible que nuestros costos sean cerca del doble de países vecinos y superiores en un 50% al de muchos países desarrollados. Para ello y por múltiples razones, con nuevas perspectivas debemos analizar nuestro modelo jurídico y técnico, sobre todo pensando en el futuro. El trabajo de la Comisión Asesora para el Desarrollo del Sistema Eléctrico convocada es indispensable y sus conclusiones, conjuntamente con la opinión ciudadana y del Congreso, nos deben llevar a los cambios jurídicos necesarios para los próximos años; encaminándonos paralelamente hacia acuerdos nacionales sobre las características y definiciones de la matriz energética para el Chile de las décadas venideras. Somos enfáticos: haremos todos los estudios y esfuerzos que sean necesarios para buscar formas de reducir los costos de la energía e inyectar mayor competitividad a nuestros mercados.
Todo esto aumentando simultáneamente, por un imperativo ético, las posibilidades de acceso y equidad para nuestros compatriotas en cientos de zonas aisladas o en situaciones sociales más precarias; a la vez de mejores condiciones, que se traduzcan en precios y servicios más baratos para la ciudadanía.
Pero estas metas y definiciones no sirven de nada si no van acompañadas del compromiso absoluto de todo un país; por ello la imperiosa necesidad de promover la eficiencia energética a gran nivel, para alcanzar parámetros de países desarrollados.
El desafío para Chile es gigantesco, el problema es de todos y juntos, especialmente el Ministerio de Energía, debemos trabajar para superarlo.
Columna publicada en El Mercurio

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